Las frases de mi madre

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Mi mamá llegó a tener un sexto grado de escolaridad, pero dedicó toda su vida a leer. Leía todo lo que en sus manos caía: la Biblia, un pedazo de periódico, la Ilíada, teatro, novelas, política, religión… y un largo etcétera que no terminaría nunca. Gracias a ella y su empeño en devorar literatura pude aprender a hacerlo con solo 5 años. Recuerdo que mi primer libro fue uno que hablaba de cuidar el estuche escolar.

Leer enseñó a mi mamá a muchas cosas y aunque en mi mente infantil no pudiera entender la mayoría de ellas, hoy puedo decir que, si hubiese tenido la oportunidad, una carrera universitaria le habría quedado pequeña. Mi madre, no sé cómo, tenía una inteligencia superior a la media. Podía perfectamente llegar a un análisis de situaciones complejas con gracias y acierto. Sus consejos no eran solo por las canas que peinaba, las cuales le salieron bien temprano, sino por su capacidad para llegar a conclusiones que dejarían a Calviño pensando. Creo que esa sabiduría que emanaba de sus palabras se debían a su constante búsqueda del conocimiento.

Por ejemplo, en mi mamá siempre pude escuchar consejos para la vida, no solo para mi sino también para seres cercanos a la familia. Podía, con toda la sabiduría del mundo, combinar palabras que te hicieran entender su punto de vista y hasta dónde podías estar equivocado. Sus términos no se acercaban para nada al tecnicismo académico, pero te convencía de lo que decía.

Quizás por eso mi mamá era un caudal de frase, que, de escucharlas tantas veces, hoy constituyen un manual ético y moral para este servidor.

 

“Nunca vayas todos los días a casa de tu tía…”

Del refranero popular. La usaba para decirme que no debía repetir las visitas, ni en casa de gente querida como la familia. Todos tienen problemas y necesidades que deben solucionar sin la presencia de alguien que esté metiendo las narices. En otras palabras, que visitar solo lo justo.

 

“Al vecino no se molesta por boberías…”

Ni para pedirle agua fría. Recuerdo que el refrigerador se rompió en un momento de mi infancia y salvo para guardar los escasos productos congelados de los años 90, no se debía estar molestando. Incluso cuando se me rompió el televisor. Nada de ver muñequitos en casa de los vecinos.

 

“Genera…”

Era de las frases que más detestaba. Me la soltaba a menudo y era como una patada en el dedo pequeño del pie. En ese entonces no lograba entender su motivo. Hoy, gracias a los años, supe que solo pretendía obligarme a buscar soluciones por mí mismo ante situaciones donde la inteligencia debe superar a la fuerza.

 

“Escoge: el aire acondicionado o el marabú…”

Siempre me gustó estudiar. No puedo decir lo mismo del trabajo duro. Respeto a quien se gana el pan con el sudor de su frente, pero lo mío siempre ha sido el trabajo intelectual. Pero ante los deseos, fugaces, de dejar la escuela me podía en la encrucijada de tener el destino profesional que yo deseara construirme.

 

“Respeta para que te respeten…”

Era usada incluso por ella misma. No recuerdo que nadie, jamás, le faltara al respeto. Ponía a la gente en su justo lugar con palabras precisas y sin caer en groserías. Tenía la capacidad de ubicar cada cosa en su sitio y despejar dudas con solo una frase. Era así como ella lograba recibir en pago un respeto que logró llevarse hasta su tumba.

 

“Somos seres sociales…”

Y como tal necesitamos de los otros para vivir. Que nadie pretenda vivir solo porque está destinado a su propia muerte. Para eso necesitamos relacionarnos, intercambiar, conocer a otros. Y es ese diálogo continuo el que nos permitirá crecer como seres humanos.

Mi madre también tenía limitantes psicosociales que son inherentes a los de su generación. Frases del tipo “los hombres no lloran” podían estar en su concepción de masculinidad, pero hoy entiendo que lo que quería decirme era que en vez de perder tiempo llorando debía salir a buscar mis propias soluciones. Enfrentar mis temores y asumir los retos que la vida te pone delante.

Por eso mi mamá era sabia. Y lo saben las personas que la conocieron. Su sabiduría estaba escondida en esas largas horas de lectura, donde podía perfectamente estar hasta las dos o tres de la mañana devorando un libro. Bello legado el que me dejó.

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