LUGO

Lugo es un sitio pequeño. Su población no supera los 98 mil habitantes y parece que el tiempo aquí se ha detenido. Pero cuando atraviesas los bordes de su centenaria muralla te encuentras con una modernidad que teje edificios, calles, parques y fuentes ante los ojos de visitantes, peregrinos y residentes regalándonos el maravilloso mundo que se vive en esta ciudad.

Algunos dicen que esto no es más que un pueblo con semáforos. Quizás se trata del sentimiento de ambición que se apodera de cada ser humano o tal vez porque la comparan con otros sitios mucho más grandes y desarrollados. Lo que sí puedo asegurar es que me acoge un territorio con cierto misticismo bucólico.

No sé si la magia de los celtas o el bosque sagrado al que hacían referencia los romanos es cierta o no, pero basta con salir a dar un paseo por cualquier rincón de sus abundantes áreas verdes para descubrir un ambiente que te atrapa. Cada centímetro cuadrado de Lugo tiene un aire místico que la hace intrigante ante los ojos del viajero desconocido. Quizás por eso desde los inicios de la era común muchos han decido quedarse aquí.

Por cierto, existe un comentario entre los lugareños: quien recorra su muralla, centenaria, pétrea, conservada, monumental, se queda en Lugo. Y que bendición la mía al haber transitado sus arenosos pasillos, descubriendo lo que se ha perpetuado en el tiempo.  Las vistas desde sus diferentes niveles te ofrecen los geniales contrastes que la vista desea guardar para siempre.

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En Lugo he tenido poco vínculo con los habitantes, pero me he percatado que son personas muy comunicativas. Una pregunta, por simple que sea, puede convertirse en una extensa explicación de cómo, cuándo y dónde. Y aunque me han dicho que son poco sociables con los extraños, hasta ahora no he tenido un encuentro marcado por el desprecio.

Pero en Lugo también hay muchos inmigrantes. He visto marroquíes, dominicanos, venezolanos, rumanos, cubanos y de otras latitudes que han llegado hasta la ciudad rodeada por el río Miño y así empezar una vida nueva. Cada cual es perfectamente distinguible por su forma de vestir, hablar o actuar. Cada uno trae desde sus lejanas tierras costumbres, colores, sabores, modos de ver la vida que se combinan con los naturales de esta tierra. Y así surge un sabor autentico de manos de quienes construyen con su actuar diario una ciudad abrazada al tiempo.

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Aquí quiero ver cómo mi suerte se abre paso. Aquí pretendo construir un mañana cargado de ilusiones y desencantos. Aquí me ha traído el destino y pretendo conquistarle a Lugo cada baldosa, adoquín y piedra. Si lo logro o no solo podré saberlo a la vuelta de unos cuantos años y se enterarán de ello.

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