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Para los cubanos que llegamos a los países fríos la nieve es tan exótica como puede ser para un habitante del Viejo Continente visitar una playa del Caribe insular. Tocar esa agua congelada con tus manos, lanzarla a alguien como en las películas y corretear con todo ese frío bajo tus pies es, sin que nadie pueda negarlo, una experiencia única. La sensación de viaje a lo desconocido y el impacto ante el blanco perfecto que invade cada centímetro de tu pupila es justificación para someterse a las gélidas temperaturas que nunca antes había experimentado un habitante de la “tierra más hermosa que ojos humanos han podido ver” (así dicen que lo dijo Colon allá por 1492).

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La nieve que llega con los primeros aires del invierno puede ser divertida y a la vez impactante. Impresiona el paisaje que solo en películas habíamos visto y que nos recuerda a las postales rusas que coleccionaban nuestros padres. Ese horizonte que se mezcla con la niebla y el cielo, todo blanco, te hace imaginar que vives un sueño y que las nubes se han puesto a tus pies.  Sentir en la cara los límites extremos del termómetro, experimentar cómo se adentra por tus dedos el frío que baja del norte te despierta del abrazo de Morfeo.

Cuando vi la nieve lo primero que me vino a la mente fue la escarcha que se acumulaba en el congelador de aquella nevera Inpud que un buen día tuvimos que cambiar por otra mucho más ahorrativa y moderna pero que no hacía hielo. De niño, no sé por qué, disfrutaba raspar con la punta de los dedos la fina capa de escarcha y llevarla a la boca. Dicen que no era saludable, por eso intentaba llevar a la práctica mi objetivo en el más absoluto silencio. Los dedos se ponían rojos y me dolían, pero disfrutaba sentir esa textura fría y diferente mientras el aparato eléctrico acumulaba solo hielo y nada de fibra.

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Pasearme por ese campo europeo, con manzanos llenos de nieve, y tomar la fruta con mis manos con total naturalidad me remontó nuevamente a mis años de infancia. La telenovela Oshín, la original y no la copia moderna que se transmitió hace poco, confieso que me provocaba envidia. Aquellos arbustos cargados de la roja y codiciada fruta eran capaces de despertar en mí una sensación de aventurero que por ese entonces veía tan lejana; pero allí estaba, frente a uno que me dejaba coger con mis manos el fruto congelado y jugoso. Un elixir jugoso para el alma y el cuerpo. Claro que no lo cambio por los mangos que recogía del suelo y me embarraban toda la boca y llenaban los dientes de pelusa.

Lo que más risa me dio fue enfrentarme al reto de construir un hombre de nieve. La primera vez que quieres darle forma a la materia prima e intentas reproducir los clásicos modelos estas más cerca del fracaso que del éxito. Parece tarea fácil dar vida a uno de estos muñecos y debo reconocer que lo intentamos, pero juzguen por ustedes mismos nuestra incapacidad de hacerlo. Quizás para próximas nevadas vayamos perfeccionando la técnica y un día lleguemos a ser los mejores.

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La nieve, para este cubano, fue bella. Pero no me imagino viviendo en un sitio que sea blanco las veinticuatro horas del día. Uno está acostumbrado a los colores del Caribe, a la vida tropical, al verde que se mezcla con el azul y al rojo que se une al naranja y así va cubriéndose todas tus pupilas de la diversidad de colores que hace tan feliz al alma. La nieve es bella pero solo por un ratico. Porque te das cuenta en ese preciso instante que tener colores te convierte en un ser especial, único, diverso.

Pero para eso habrá que esperar unos meses y recibir la primavera o el verano donde todo vuelve a empezar. Mientras tanto disfrutemos de este paisaje de postalitas rusas y seamos protagonistas de una estación que llega para avisarnos que al año le quedan pocos días.

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