CUBA

​CAYO BLANCO, UNA PROPIEDAD ALEMANA EN CUBA 

Por Carlos Ferrera

Hace algunos años hablamos aquí de Cayo Blanco, aquel islote cubano que Fidel le regaló al mandatario alemán comunista Erich Honecker. Hoy quiero tostar ese pan otra vez, porque he tenido acceso a alguna información que desconocía cuando escribí sobre aquel negocio espurio de Agapito. 

Rememorando para quienes desconozcan el tema, el 20 junio 1972, Fidel Castro hizo una visita oficial a Berlín, buscando ayuda financiera de los alemanes. El entonces presidente de la RDA lo esperaba en el aeropuerto de Berlín-Schönefeld, y a su llegada, tras los saludos oficiales, el comité de recepción cantó canciones cubanas y entregó a Castro unas flores del país. Pero ni los cubanos ni los alemanes de a pie sabían la verdadera razón de aquel viaje.

Cuenta el periódico alemán Spiegel -y hay foto del momento, que adjunto aquí-  que en la recepción posterior, Fidel Castro sacó un mapa, lo extendió sobre una mesa, y le señaló a Honecker una pequeña isla junto a la Bahía de Cochinos; se la regalaba a los alemanes.

Fidel no tenía nada con qué retribuir los favores de la RDA. Tras la ruptura y el embargo comercial impuesto al nuevo gobierno comunista por Estados Unidos, Castro anunció oficialmente la alianza con el bloque soviético, incluyendo también la RDA como socio de alternativas económicas. “Estamos muy contentos con el gran interés de la RDA para ampliar las relaciones comerciales con Cuba”, dijo el ex-ministro de Industria Ernesto Che Guevara tras un acuerdo en Leipzig (1962) firmando con evidente satisfacción.

Ese mismo año, miles de estudiantes cubanos comenzaron a llegar a la República Democrática Alemana, y centenares de ingenieros y científicos alemanes fueron enviados a la isla tropical como asesores técnicos. A partir de 1968 la RDA ayudó a construir el sistema educativo cubano y a reestructurar las plantas industriales en crisis, además de realizar grandes donaciones en maquinaria pesada. En pleno embargo, Alemania compraba azúcar y cítricos cubanos a precios inflados. Agapito tenía que devolver esos favores de alguna forma, y qué mejor que regalando al gigante comunista europeo algo que ellos no tenían: una isla tropical.

Así que en gesto de “buena voluntad” y haciendo gala de su permanente costumbre de disponer de lo que no era suyo, Fidel hizo este regalo oficial a Honecker “de parte de todos los cubanos”: la isla Cayo Blanco, ubicada en el Golfo de Cazones, al suroeste de la famosa Bahía de Cochinos. 

Cayo Blanco tiene una altitud de 4 metros sobre el nivel del mar, pertenece a la provincia de Matanzas, y se localiza al noroeste de los Cayos Blancos del Sur y al sureste de Punta de Espeque y Punta de Piedra. Tiene 15 kilómetros de largo –casi todo playa– por 500 metros de ancho. con un clima envidiable y playas tan hermosas como Varadero o Cayo Largo. 

Cayo Blanco posee arrecifes de una amplia biodiversidad, y alberga especies animales en peligro de extinción como el coral negro y peces endémicos de arrecife, lo que lo hace perfecto para el buceo y la caza submarina. También es hogar de la iguana cubana y muchas aves autóctonas. 

La calidad del regalo la conocía muy bien Fidel, puesto que él mismo era dueño absoluto de Cayo Piedra, dos islas vecinas similares unidas por un puente, a donde él y su combo iban a bucear con frecuencia, y que también me mereció una crónica.

El regalo de lujo fue aceptado con regocijo por el líder teutón, que inmediatamente le cambió el nombre y le puso “Isla Ernest Thälmann”, en honor al líder del Partido Comunista de Alemania que murió fusilado en 1944 por orden del propio Adolf Hitler, tras haber sido arrestado por la Gestapo en 1933 y permanecer 11 años encarcelado en confinamiento solitario.
Alemania Oriental, a cambio, compensó a Fidel por la dádiva con el 6% de la cuota del mercado mundial de azúcar refinado, un acuerdo del que el sátrapa siguió beneficiándose aún después de la caída del bloque comunista.

Una vez en poder del tesoro caribeño, Alemania se dispuso a convertirlo en un punto turístico de alto standing para los alemanes privilegiados de la RDA. No vendría a veranear allí ninguno de sus ciudadanos “normales”, sino los altos funcionarios políticos y militares del país. 

Y se dieron prisa; el regalo se hizo en junio, y el 18 de agosto se erigió un busto de Ernst Thälmann en la isla y se realizó una ceremonia oficial de transferencia de soberanía, en la que estuvieron presentes el embajador alemán en Cuba, delegados de la RDA y los representantes cubanos territoriales. La hermosa playa sur de la isla se denominó oficialmente “Playa de la RDA”. La isla estaba desierta, pero hasta entonces había sido destino frecuente de pescadores y camaroneros cubanos de la zona, a los que desde ese instante se les prohibió siquiera acerarse allí por mar.
Cayo Blanco –ahora Isla Ernest Thälmann- ya era oficialmente territorio alemán. Los alemanes, más prácticos y previsores que los cubanos en materia ecológica, decidieron no construir grandes hoteles ni infraestructuras que deterioraran su entorno natural paradisíaco. Sería solo un lugar de ocio y playa al que se accedería en yate desde tierra firme de manera eventual, para la práctica de la pesca submarina, puesto que allí estaban los fondos marinos más bellos de la plataforma insular. Quizás esa decisión lo salvó de la especulación inmobiliaria cubana que ha invadido otros cayos de la zona.

Los cubanos estábamos detrás del palo, ajenos a la fiesta, pero en Alemania la expectación fue tal, que la televisión alemana mandó en marzo de 1975 al famoso cantante Frank Schöbel a Cuba, para realizar en el cayo, “nueva tierra alemana en el Caribe”, algunas grabaciones de vídeos musicales. Se grabó y editó en videoclip la canción “Una isla en el golfo de Cazone” de Schöbel, convertido ese mismo año en un hit de éxito entre las juventudes de la Alemania Oriental.

A la caída del Bloque del Este, cuando se reunificó Alemania en 1990, la isla queda fuera de toda consideración. No se menciona en el tratado de reunificación de ambas Alemanias, así que oficialmente seguía siendo un pedazo de territorio de Alemania Oriental. Pero aunque la nueva Alemania ya reunificada, nunca reclamó formalmente la isla, ninguno de los dos gobiernos se pronunció sobre cómo quedaba el asunto de su soberanía; al cayo siguieron viniendo miles de alemanes cada año, y continuó vetándosele el acceso a los cubanos. 

Quién sabe hasta cuándo pudo seguir siendo así, si en 2001, el diario online alemán ‘Thema 1′ no se hubiera molestado en desempolvar el asunto de la existencia de la Ernst Thälmann. Esa misma publicación ya había sacado en papel en 1972 un artículo con este titular: “El Estado número 17 lo tenemos en Cuba, Fidel Castro nos dio una soleada isla y por tanto pertenece al cesionario de la RDA”.
Pero en 2001, el diario se entera de que la empresa Insel estaba parcelando la isla para ponerla en venta. El escándalo avergonzó a Cuba y negó a partir de entonces a los periodistas alemanes el acceso a la isla. El gobierno alemán, en tanto, recordaba a sus ciudadanos 30 años más tarde la verdad: que la concesión de la isla había sido un regalo de Fidel a Honecker. Pero Cuba se apresuró a emitir un desmentido en nota consular al estado alemán, publicada en Der Spiegel, alegando que aquello “solo fue un acto simbólico” para fortalecer la relación entre ambas naciones”. En Cuba, Fidel no se molestó en explicar nada a los cubanos, puesto que tampoco les había informado del negocio tres décadas antes, cuando dispuso de la isla a sus espaldas.

Así que tras la caída del muro y los problemas económicos posteriores (rápidamente solventados en la nueva Alemania unificada, pero agudizados en Cuba con el celebérrimo Período Especial) afortunadamente la isla permaneció intacta, con sus extensas playas inexploradas, y su flora y fauna natural en perfecto estado de conservación. 

Erich Honecker, que había sido encarcelado durante el periodo nazi y que fue liberado al terminar la Segunda Guerra Mundial en 1945, había sido secretario general del Partido Socialista Unificado de Alemania y llegó a ser cabeza de la Jefatura de Estado hasta 1989. Con la caída del Muro de Berlín se exilió en Chile, donde permaneció hasta su muerte en 1994. 

Fidel, desde entonces, reservó a su viuda Margot Honecker el derecho a visitar Cuba todos los años de manera gratuita, alojándola en una de las casas de protocolo de El Laguito para ella y su familia, todo a cuenta del dinero de Liborio, el pueblo sufrido que no va a las playas caras ni come langosta. Margot, en cambio, estuvo visitando Cuba en secreto y por la gorra, hasta su muerte en 2016 en Santiago de Chile.

Desde entonces, Cayo Blanco del Sur, antes Cayo Ernest Thälmann, es visitado sólo por algunos turistas esporádicos y su pequeño territorio sigue deshabitado. Hoy vuelve a ser cubano. Quedó en sus playas durante algún tiempo, un único testigo silencioso de aquel negocio “por la izquierda” de Agapito: el busto del Ernest Thälmann, que terminó sucumbiendo a la inclemencia de los nortes caribeños; uno de ellos, el huracán Mitch, lo acabó de destruir en 1998. 

Les dejo un video que cuenta en imágenes lo que yo les he contado con palabras; está en alemán, pero lo entenderán perfectamente, porque es en esencia el mismo relato que han leído. Que quede como constancia de otro de los desmanes que hizo Castro, por sus santos huevos.

Prohibido olvidar.
Dedicado con todo el cariño a mi amigo cubano-alemán Julian Daniel Jimenez Krause, a mis primos cubanos Amparo Cesar, Don Carlos Serrano y Majela van der Heusen, y a mis amigos Mar Villa, Alexei Montojo Jose Antonio Tony Ramirez y Leonardo, casi alemanes ya, de tanto estar ahí.

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